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martes, 21 de febrero de 2012

Valencia, febrero de 2012

            Una vez más decenas de manifestantes han golpeado con sus cabezas a las porras de la policía. También han utilizado sus costillas y riñones para pegar a los agentes en sus botas reglamentarias. Algo así, ha dicho el jefe superior de Policía de la Comunitat Valenciana, Antonio Moreno.
            Este Jefe de Policía se ha mostrado sorprendido por el comportamiento “incívico” de los menores de “14 y 15 años” y ha rechazado señalar el número de efectivos que está interviniendo porque “no es prudente revelarle al enemigo cuáles son mis fuerzas”. Se desconoce si el enemigo del señor Moreno son los niños de 14 y 15 años o los periodistas que le formularon la pregunta.
            Afirma, el responsable de la actuación policial, que “hay que preservar los derechos de los ciudadanos y de los agentes que actúan en legítima defensa para protegerse”. En realidad, y ahora basta de ironías, los ciudadanos no están “en el mismo lado de la barricada” que los agentes. Ciudadanos y ciudadanas son los manifestantes que han sufrido la carga policial. En realidad, las manifestaciones y las concentraciones son un derecho ciudadano que no requiere autorización administrativa, tan sólo una comunicación previa.
            Hace falta cinismo para decir que “la Policía está obligada a mantener la legalidad y ha intentado mantener la paz”. Agentes antidisturbios cargando violenta e indiscriminadamente contra la ciudadanía es el concepto que tiene de paz que tiene este jefe de policía. Sin duda conoce los conceptos pax romana, paz de los cementerios… Y del cinismo a la burla, porque burla y no otra cosa es decir que “en este país, es la autoridad judicial la que valora la proporcionalidad y la necesidad del empleo de la fuerza” cuando nunca se ha condenado la represión policial (incluso con resultado de muerte como en marzo de 1976 cuando mataron a cinco obreros en Vitoria-Gasteiz). Por cierto, que un médico de urgencias ha declarado que agentes, porra en mano, se llevaron partes de lesiones (con datos personales) para impedir las denuncias contra la policía.
            En fin, es el habitual recurso a la represión policial y la impúdica defensa de su acción.

miércoles, 10 de agosto de 2011

LA RECURRENTE VIOLENCIA DE LOS OPRIMIDOS

            Los Angeles, 1992.  Miles de jóvenes negros salen a la calle a protestar por la absolución de los cuatro policías que dieron una paliza a Rodney King en plena calle. La ira acumulada por el racismo subyacente en la sociedad estadounidense, y por las diferencias de clase asociadas a la raza estalla y se producen disturbios durante días.
El racismo impera en EE.UU. décadas después de que Martin Luther King muriera por la consecución de los derechos civiles. El racismo ya no es que los negros no puedan sentarse en los autobuses públicos o no se les admita en la universidad. El racismo se manifiesta en que los negros sólo pueden ir a la universidad con una beca deportiva porque no pueden pagarsela. Racismo es la altísima tasa de paro que les afecta o la discriminación racial y abuso de la fuerza por parte de la policía de Los Angeles contra la población de raza negra. Racismo es que se les denomine afroamericanos. ¿acaso se habla de euroamericanos, angloamericanos…? Hay otro término similar, italoamericano y sirve igualmente para denominar a una comunidad diferenciada de la hegemónica. EE.UU., América, como pretenciosamente dicen ellos, es blanca, anglosajona y protestante (WASP) y su grandeza le permite acoger individuos e incluso comunidades ajenas siempre que no cuestionen el status quo, siempre que acepten su propia subordinación. Más de 50 personas murieron durante los disturbios y cientos de casas y comercios fueron pasto de las llamas. Las autoridades declaraban que la "brutalidad de las turbas" no sería tolerada, y que usarían "cualquier fuerza necesaria". Para controlar la situación se movilizaron 4.000 efectivos de la Guardia Nacional.

            Paris, octubre de 2005, dos chicos de origen magrebí mueren electrocutados mientras huían de la policía. Las muertes y las declaraciones del entonces ministro del Interior Nicolas Sarkozy en las que calificó como “escoria” a los manifestantes exacerbaron los ánimos de una población mayoritariamente de origen magrebí, musulmana y del Africa occidental marginada económicamente, afectada por el desempleo y acosada por la policía. Los disturbios de las banlieues (suburbios) se extendieron por otras ciudades francesas como Marsella, Lille, Dijón o Sena. En tres semanas se quemaron comercios, más de 8.000 coches y hubo más de 2.500 detenciones. También en ciudades de Bélgica, Dinamarca, Alemania, Grecia, Holanda o Suiza se produjeron incidentes inspirados en los disturbios de las banlieues.

            El 6 de diciembre de 2008 en Atenas, un disparo de la policía acabó con la vida de Alexandros Grigorópulos, de 15 años. Esa misma noche comienza una revuelta ciudadana que se prolongan durante más de dos semanas. Una vez más la muerte de un joven funciona como la espoleta de una bomba. Antes de este suceso el descontento social, las dificultades económicas que tenía la población y la corrupción gubernamental ya habían causado protestas sociales pero es la muerte de este joven la que sirvió de catalizador para que los disturbios se extendieran por todo el país. Se quemaron bancos y comercios, se paralizó el transporte colectivo y las universidades, se convocó un huelga general de 24 horas que tuvo amplio seguimiento, se ocuparon radios y televisiones para dar difusión a las causas de la protesta y pedir el respaldo a toda la población, se cancelaron numerosos vuelos. A finales de diciembre fue restableciéndose la calma.

            Londres agosto de 2011. Ya hace tres días que se iniciaron los disturbios. Fuego, destrucción y rapiña. El detonante ha sido la muerte de Mark Duggan, un joven de raza negra a manos (a tiros más bien puesto que murió de un disparo en el pecho) de la policía. Poco a poco los disturbios se extienden de Tottenham al resto de Londres y otras ciudades inglesas como Birmingham, Liverpool, Manchester, Leeds y Bristol. Se  queman casas y coches, se asaltan comercios, la policía y los bomberos se ven desbordados. El gobierno anuncia mano dura y los medios de comunicación habla de vandalismo y delincuencia. Se niegan a relacionar el estallido de violencia con la política de recortes sociales que ha dejado abandonados a su suerte a cientos de jóvenes de las zonas más deprimidas del país, a menudo hijos o nietos de inmigrantes.

            Esto son sólo cuatro muestras de las tensiones existentes en las sociedades del “primer mundo”, ese que pretenciosamente llamaban durante la guerra fría “mundo libre”. No son revueltas en países tercermundistas, ni de “dictaduras comunistas”. Es el “cuarto mundo” que ha creado el capitalismo. Exclusión rodeada de opulencia y mantenida a raya por los diversos resortes de control social, alienación cultural y propaganda ideológica. Y siempre, en cada estallido social, los gobiernos declaran injustificable la violencia popular y recurre a las Fuerzas de Orden Público para reprimirla. Obvian las causas subyacentes que garantizan un próximo rebrote confiando neciamente en que no vuelva a ocurrir.